Pobladores abandonaron sus casas en un pueblo que arde sin parar y nadie ha podido apagarlo desde hace varias décadas.
Existe una ciudad en Pensilvania, o mejor dicho un raro paraje, de aspecto fantasmal que tiene edificios abandonados, carreteras en mal estado y que cubre la vegetación. Se llama Centralia y para muchos se trata del mismísimo infierno pues arde sin cesar desde el año 1962.
El panorama es desolador: fisuras kilométricas a lo largo de lo que alguna vez fueron calles y avenidas perfectamente pavimentadas; hogares y establecimientos abandonados y resquebrajados; agujeros que son auténticas zanjas y despiden humo, como si la Tierra exhalara aire en una respiración ininterrumpida; la vegetación reclamando sus antiguos dominios en una estampa casi apocalíptica… En 1980, Centralia estaba habitada por 2.761 personas, su momento de mayor esplendor. Un siglo después, el censó bajo hasta los 1.100 residentes.
Centralia fue un lugar activo e industrial, donde se destacaba el trabajo minero de carbón. La desaparición de la población inició hace varias décadas. Se había registrado como ciudad en 1866 como Centreville y cambiado a Centralia en 1865
¿Pero qué pasó en esta fructífera ciudad para que acabara convertida en una ciudad fantasma, abandonada a su suerte en algún lugar del noreste de Filadelfia? El origen del declive de Centralia data en 1962 y descansa en una quema controlada de basura en el vertedero para deshacerse de los desperdicios acumulados. A ‘priori’, parecía una buena idea, rápida, barata y sencilla. Sin embargo, las autoridades pertinentes en tomar la decisión no repararon en que su bonito pueblo había sido fundado encima de una de las zonas de nuestro planeta donde se concentra mayor cantidad de antracita, una variedad de carbón con una capacidad calorífica de casi un 50% por encima del carbón normal.
Para complicar más el asunto, el vertedero estaba dispuesto sobre una antigua mina de carbón al aire libre de 15 metros de profundidad. La basura ardió y el fuego fue sofocado según el plan inicial. Pero las llamas comenzaron a aparecer días después y a extenderse por los túneles subterráneos, bajo la superficie, quemando los depósitos de antracita a su paso. Las autoridades intentaron detener la propagación con diferentes métodos, desde inundar el vertedero, hasta verter grandes cantidades de arena. Pero el efecto dominó era ya imparable y en pocas horas alcanzó el subsuelo del pueblo. A la amenaza de las llamaradas, con la consecuente quema de casas, hay que sumarle la emisión de monóxido de carbono por la combustión del carbón y el peligro de que los habitantes murieran envenenados.
En 1983, el Gobierno estadounidense puso en marcha un plan de 42 millones de dólares para reubicar a la población. La mayoría se acogieron a la ayuda, pero hubo quien no quiso abandonar su hogar. Se estima que los yacimientos de carbón que arden bajo Centralia pueden continuar otros 250 años más.


