Separar política y comunicación resulta, por tanto, un error. No porque sean lo mismo, sino porque hoy dependen demasiado una de otra.
El expresidente Leonel Fernández dice que una cosa era la política y otra la comunicación cuando le preguntaron por el fenómeno digital de Alofoke. La frase parece razonable hasta que uno recuerda que, en política, aquello que no se comunica termina por no existir. Y aquello que se comunica mal dura todavía menos.
Leonel pertenece a una generación que aprendió a hacer campañas con tarimas, caravanas, locales, discursos largos y candidatos saludando desde un jeep. Funcionó durante décadas. El problema no está en haberlo hecho, sino en continuar haciéndolo como si el elector siguiera esperando al político en la misma esquina.
Hoy un muchacho puede escuchar dos horas a Alofoke y abandonar a los quince minutos un discurso político. Eso no significa que Alofoke conozca mejor el Estado, significa algo más incómodo para los dirigentes tradicionales: conoce mejor dónde está la atención.
Y la política contemporánea se disputa allí. Cada ciudadano lleva un centro de comunicación en el bolsillo: mira, comenta, rechaza, comparte, pregunta y construye diariamente una posición política sin entrar jamás a un comité de base. Los partidos cuentan locales. Las plataformas cuentan segundos.
Separar política y comunicación resulta, por tanto, un error. No porque sean lo mismo, sino porque hoy dependen demasiado una de otra. Un candidato puede tener experiencia, formación, estructura y buenos discursos. Si conversa únicamente con quienes ya están convencidos, terminará celebrando los votos que tenía antes de comenzar la campaña.
Alofoke entendió algo que muchos políticos todavía consideran una frivolidad: la audiencia quiere participar. Pregunta, contradice, interrumpe, se ríe y castiga inmediatamente el aburrimiento. No espera cuatro años.
Leonel conserva una capacidad intelectual y política que nadie sensato debería negar. Pero su manera de hacer campaña necesita revisión. Rodearse de personas que celebran cada discurso y cada actividad proporciona comodidad, aunque difícilmente permita descubrir lo que está cambiando afuera.
La democracia dominicana avanza hacia una conversación más digital, fragmentada y deliberativa. El dirigente que no comprenda esa transformación podrá seguir recorriendo calles y llenando locales. El problema llegará después, cuando descubra que mucha gente estuvo allí, pero su atención estaba en otra parte completamente distinta entonces.


