Para las nuevas generaciones, el nombre de Mario Melvin Soto quizá diga poco. Pero hubo un momento, a comienzos de los años 80, en que el derecho dominicano era uno de los lanzadores más difíciles de enfrentar en las Grandes Ligas.
Un dato basta para poner mostrar en tipo de dominio que ejercía: entre 1980 y 1985, Soto ponchó a 1,063 bateadores, más que cualquier otro lanzador de Grandes Ligas durante ese período.
Nacido en Baní el 12 de julio de 1956, Soto fue firmado por los Rojos de Cincinnati en 1973, cuando apenas tenía 17 años. Llegó a las Mayores en 1977, pero sus primeros años no anunciaban todavía al pitcher que estaba por convertirse.
En 1980 atravesó un momento complicado. Tenía marca de 0-3 y una efectividad cercana a 5.00 cuando Cincinnati decidió utilizarlo como relevista en un partido contra Houston. Los Rojos perdían 6-0 después de apenas un out en la primera entrada.
Soto terminó el encuentro.
Permitió solo tres hits y Cincinnati terminó remontando para ganar 8-6. Más que una victoria, aquella actuación pareció cambiar el rumbo de su temporada. Después del Juego de Estrellas tuvo marca de 9-5, sumó cuatro salvamentos y registró una efectividad de 2.29.
Terminó aquel año con 182 ponches y fue elegido Pitcher del Año de los Rojos.
Ahí empezó a aparecer el verdadero Mario Soto.
Recuerdo de un grande
Su recta poderosa y actitud competitiva lo convirtieron en uno de los lanzadores más temidos de la Liga Nacional en la década de los ochenta
Un dato basta para poner mostrar en tipo de dominio que ejercía: entre 1980 y 1985, Soto ponchó a 1,063 bateadores, más que cualquier otro lanzador de Grandes Ligas durante ese período.
Nacido en Baní el 12 de julio de 1956, Soto fue firmado por los Rojos de Cincinnati en 1973, cuando apenas tenía 17 años. Llegó a las Mayores en 1977, pero sus primeros años no anunciaban todavía al pitcher que estaba por convertirse.
En 1980 atravesó un momento complicado. Tenía marca de 0-3 y una efectividad cercana a 5.00 cuando Cincinnati decidió utilizarlo como relevista en un partido contra Houston. Los Rojos perdían 6-0 después de apenas un out en la primera entrada.
Soto terminó el encuentro.
Permitió solo tres hits y Cincinnati terminó remontando para ganar 8-6. Más que una victoria, aquella actuación pareció cambiar el rumbo de su temporada. Después del Juego de Estrellas tuvo marca de 9-5, sumó cuatro salvamentos y registró una efectividad de 2.29.
Terminó aquel año con 182 ponches y fue elegido Pitcher del Año de los Rojos.
Ahí empezó a aparecer el verdadero Mario Soto.
Un brazo difícil de descifrar
Soto no necesitaba un repertorio interminable para complicarle la vida a los bateadores. Tenía una recta poderosa y un cambio de velocidad capaz de romper el ritmo del swing. La combinación era sencilla de explicar y muy difícil de resolver desde el plato.
Los números lo dejan claro.
En 1982 ponchó a 274 bateadores. Al año siguiente consiguió 242. En 1984 sumó 183 y en 1985 volvió a superar los 200, con 214.
Durante seis temporadas, entre 1980 y 1985, nadie ponchó a más bateadores que él.
La temporada de 1982 merece detenerse un momento. Soto ganó 14 partidos, terminó con efectividad de 2.79 y fue seleccionado para el Juego de Estrellas. Lo hizo, además, en un equipo de Cincinnati que perdió 101 juegos.
Eso importa. No estaba trabajando con la ventaja habitual de un equipo dominante.
En 1983 llegó todavía más lejos. Terminó con 17 victorias, efectividad de 2.70, 242 ponches y 18 juegos completos. Fue seleccionado nuevamente al Juego de Estrellas y terminó segundo en la votación del Cy Young de la Liga Nacional.
Los Rojos terminaron aquella temporada con récord de 74-88.
Soto, en cambio, estaba teniendo una de las mejores campañas de su carrera.
El 12 de mayo de 1984 estuvo a un solo out de lanzar un no-hitter contra los St. Louis Cardinals.
Había controlado el partido durante toda la noche. Entonces, con la historia prácticamente al alcance de la mano, George Hendrick conectó un jonrón y acabó con la posibilidad.
Cinco días después, frente a los Chicago Cubs, Soto ponchó a cuatro bateadores en una misma entrada, igualando un récord de los Rojos.
1984 terminó siendo otro gran año. Ganó 18 partidos, la mayor cantidad de su carrera, y fue seleccionado al Juego de Estrellas por tercera temporada consecutiva.
Pero también fue una de las últimas veces que pudo mostrar durante una temporada completa todo lo que tenía.
Las carreras de los lanzadores pueden cambiar de un momento a otro. En 1986, una lesión en el brazo comenzó a limitar a Soto. Los problemas físicos continuaron durante las siguientes temporadas y, en 1988, su carrera en las Grandes Ligas llegó a su fin.
Tenía 31 años.
Terminó con 100 victorias, 92 derrotas, efectividad de 3.47 y 1,449 ponches en 1,730.1 entradas. Para un pitcher cuya carrera terminó tan temprano, son números que ayudan a explicar por qué su nombre todavía merece atención.
